Ermitas

En el municipio de Torrebaja existen dos ermitas, de las que tenemos noticias documentales desde la primera mitad del siglo XVII.

La Ermita de San Roque , que se halla en la parte alta del pueblo, dominando todo el caserío y la hermosa vega del Turia a su paso por el municipio. El ermitorio está rodeado de humildes edificios de piedra arenisca y paredes de tapial, que fueron antiguas cambrillas, bodegas y lagares, y hoy se hallan abandonados y hundidos.

Tiene la ermita un bello porche cubierto a la entrada, a base de unos gruesos paredones sujetando el tejadillo mediante una gruesa viga con zapatas. Su techumbre es de tabicas y el piso de cemento (en el que se dibuja una cruz a base de piedrecillas), bordeado por un poyo corrido a ambos lados de la entrada.

La puerta es de madera, con dos hojas, portando cada una un ventanuco rejado, y toda ella enmarcada por un arco de formalete a base de dovelas, que parten de dos impostas, a modo de humildes capiteles.

La planta de la ermita es rectangular, con piso de terrazo moderno, en sustitución de los bellos ladrillos de barro cocido que tuvo antaño. Destaca del interior los escasos restos de pinturas murales: cornisas, ménsulas, arcos y bóvedas de cañón con lunetos, etc., formando lo que fuera un conjunto neoclásico. Lo más llamativo es el escudo de los Castellblanque, que se halla en el frontón, y que el Ayuntamiento de Torrebaja adoptó como propio en 1953. Dicho escudo se compone de cuatro cuarteles, a base de cinco castillos amarillos en campo de gules alternado con lises; un leopardo coronado y vuelto, sobre azur; un caballo blanco enjaezado, ensillado y vuelto, sobre fondo azul: todo ello rematado por una corona de marquesado abierta.

La parte alta del edificio posee una sencilla espadaña de piedra, con su ojo vacío de campanil, y coronada por una sencilla cruz de hierro.

La Ermita de San José se halla en los Villares , partida del término municipal de Torrebaja cuya historia se halla ligada a un antiguo asentamiento humano -pendiente de estudio arqueológico adecuado-, que tenía por nombre Torre del Villar de Orcheta .

A la ermita se accede desde la población siguiendo el camino que cruza el Ebrón a la altura del complejo polideportivo y Merendero La Ribera , y siguiendo en dirección sur: dicho camino es el antiguo camino de Ademuz a Teruel, que era parte del viejo camino real o nacional de Alicante y Murcia a Francia por Zaragoza. Siguiendo dicho camino, cuando este deja las huertas para arrimarse al pie del monte, encontraremos un edificio molinero (1887), actualmente en desuso. Tras un corto repecho, entre el paredón que sujeta los huertos abancalados que bajan del monte y la acequia del molino harinero, llegaremos al ermitorio de San José. Frente al mismo hallaremos un singular banco circular, a base de ladrillo cocido y ladrillos cerámicos troceados en su asiento, en cuyo interior crece un castaño que promete ser frondoso: nos sentamos en el banco y contemplamos a placer la ermita.

De la construcción nos llama la atención su estructura achaparrada, con unos contrafuertes laterales que acrecientan el aspecto amazacotado del conjunto. Su tejado de teja árabe vierte a cuatro aguas y se halla coronado en su parte más alta por una humilde espadaña de ladrillo con su campanil.

La construcción, de hecho, está formada por dos elementos: el porche de entrada, que es la parte más llamativa del conjunto, y el ermitorio propiamente, que se halla detrás y en un plano más elevado.

El porche está cubierto por un tejadillo que vierte a tres aguas: en su portada se abre la entrada abierta, formada a base de un arco de formalete, con unas gruesas paredes laterales, en las que se abren dos vanos arqueados a modo de ventanas. Al entrar en el atrio -cubierto por rodillos de chopo sin desbastar y sujetando el cañizo del tejado- nos topamos con una escalera, cuyos peldaños restaurados nos conducen al edificio propio de la ermita.

Al ermitorio , propiamente, se accede por una puerta de doble hoja, que posee cada una su ventana rejada, entre cuyos hierros siempre suelen haber ramitos de flores silvestres, a modo de oraciones ofrecidas por los caminantes y devotos del santo José. El interior de la ermita es oscuro y casi sombrío (debido a que tan solo la iluminan dos altos ventanucos rejados y la luz de las ventanas de la puerta), de base rectangular, con suelo de reciente reposición, así como los zócalos de los laterales. Las pinturas murales que antaño adornaban sus paredes han desaparecido casi completamente y apenas quedan en el recuerdo los sillares de un muro almohadillado, expresión de un rústico neoclásico.

Lo más curioso de nuestra humilde ermita es el envigado del techo: a base de una traviesa en su centro y diversos cuchillos de madera sin tornapuntas, con pendolón en el medio y el tirante recto. Entre la viguería perpendicular se hallan las tabicas de madera sujetando la techumbre: todo ello en madera pintada de color marrón oscuro. Las vigas que conforman el ángulo del techo parten de la central y reposan en las esquinas, componiendo una estructura triangular entre sencilla y austera, pero recia.

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